Tuesday, January 02, 2007

LOS MUERTOS QUE VOS MATASTEIS

Tarde de sábado en la casa. En la televisión aparece la última corrida de toros en la Plaza México. Un espectáculo deprimente, irracional y tedioso. Apenas un centenar de personas miran cómo un matador persigue a un toro con el fin de hacerle algunos pases y matarlo de una estocada que jamás llega. Los cronistas ni siquiera hacen el esfuerzo de levantar el ánimo decaído por medio de saludos a espectadores famosos que por razones de todo tipo, no pudieron asistir a la fiesta.
No sé si la cosa sea así todo el tiempo, pero me queda claro que las tradiciones taurinas (como muchas otras) viven malos momentos. Los comentaristas se lo achacan a la carencia de figuras que puedan invocar a las multitudes como era antaño, cuando un torero excepcionalmente bueno podía aspirar a ser llevado en hombros hasta la Basílica de Guadalupe. Y mientras miraba cómo el toro era correteado con desgano por el matador, me puse a pensar que muy probablemente la debacle de la fiesta brava, más que un problema de figuras, es un problema de definición.
Me explico.
Aunque la fiesta de los toros ha existido a lo largo de la existencia de México como nación independiente, la realidad es que en las últimas décadas la fiesta ha perdido buena parte de su brillo debido a que uno de sus principales atractivos (la violencia con la que regalan a la audiencia) dejó de ser atractiva y ya sólo queda como un entretenimiento para los más fanáticos de la fiesta, mientras que para el resto se ha convertido en un baño de sangre gratuito que más que diversión, lo que trae es horror.
Al pobre toro (de nombre Precioso, como el tristemente célebre gobernador de Puebla) ahora lo persigue el torero con el estoque en la mano con el fin de terminar con la ingrata labor de acabar con la vida del burel (que es como también se les dice a los toros en el argot taurino). Pienso que la fiesta brava padece un problema mucho más grave que la falta de manoletes y silverios pérez: el matar un animal para diversión de los otros ha perdido su encanto y se ha convertido, más que nada, en un anacronismo de una cultura centenaria, pero que ya no pudo adaptarse, como tantas otras cosas, al devenir de los nuevos tiempos.
Finalmente matan al toro, pero el espectáculo ha dejado a todos insatisfechos y en lo personal, me ha dejado asqueado.

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