Sunday, July 01, 2007

Look up! The sky is falling. Robotech al final (1)

Finalmente ayer, luego de veinte años (¡veinte años carajo¡) terminé de ver cada uno de los capítulos de Robotech en la televisión. Ha sido quizá una de las experiencias más emocionantes de este año ya que de un solo golpe recordé un pedazo de mi pasado que pensaba perdido en las profundidades de mi niñez, además de numerosas reflexiones en torno a la guerra, el amor y por qué no… en torno a mi persona.

Comencemos por mi niñez / Before you try to go outside
Cuando vi Robotech por primera vez en 1986 (u 87, aún no lo tengo claro) vivía una niñez hasta cierto punto protegida. De lo poco que recuerdo es que ni siquiera tenía televisión a color en mi casa y mi educación televisiva había corrido a cargo de las amables personas de los canales de televisión abierta, especialmente del canal 5 de la Ciudad de México. No había televisión por cable, no teníamos videocasetera y mis horas muertas las pasaba leyendo las series de libros de dibujos de Disney que mis padres habían comprado.

En un mundo así (irrepetible por el avance de la tecnología) es que llega Robotech a mi vida, quizá una tarde que regresaba de la escuela. Una caricatura más que probablemente fue programada como parte del relleno destinado a las entonces horas muertas de la media tarde. Una caricatura que quizá por la imprudencia de los programadores fue colocada como una diversión anodina tal y como otras series que había visto en la misma época como Mazinger Z.

Pero esta era diferente.

Vamos, desde el mismo hecho de que el protagonista fuera una nave de más de un kilómetro de largo, que los extraterrestres de la serie midieran como 20 metros de largo y que los humanos fueran personas mortales y frágiles en medio de un mundo caótico por años de guerra mundial (para entonces, aún se veía imposible la caída siquiera del Muro de Berlín) y en la secreta alarma por la llegada de una raza extraterrestre.

Pero había más.

La sociedad militarista (nacida ante el temor de ser barrida) de la isla Macross (o Ataria del Sur, como recuerdo) no sólo tenía espacio para las armas, sino que el amor se daba la chance de florecer en un entorno aparentemente tan hostil. Y ni siquiera el amor de las telenovelas. Un amor complejo, un trío entre un joven piloto, una mujer mayor (y superior en rango a él) y una preciosa cantante aparentemente cegada por sus propios talentos. Un amor de los que no se veían en la tele… ni en el cine.

En una sociedad como la mexicana de mediados de la década de 1980, donde el priísmo se veía fuerte y sano; donde la ciudad de México se lamía las heridas del apocalíptico terremoto que la había devastado apenas un par de años atrás, los niños aún eran vistos con una mezcla de piedad y autoritarismo propio de las sociedades latinoamericanas de la época. Por ello, la revolución silenciosa que Robotech trajo consigo abrió mentes de una forma que me atrevo a a decir, aún no se ha aquilatado debidamente.

Pero a lo mejor exagero. Lo cierto es que en mi persona esa caricatura me abrió la existencia de mundos y situaciones que ni siquiera contemplaba: la violencia generalizada, los besos (uhmm… el primer beso de Rick Hunter a Lisa Hayes bajo la atónita mirada de los zentraedi) y el amor complicado. Sí, claro, la tecnología también: aviones que se transforman en robots y que lanzan miríadas de cohetes al espacio. Batallas en las capas superiores de la atmósfera. Pienso que más series animadas de ese tipo ayudarían a convencer a más potenciales ingenieros y científicos que los intentos vanos de gobiernos y escuelas.

Y por supuesto la violencia: soldados quemados dentro de sus aviones, civiles machacados por el paso de las monstruosas máquinas. La cosa es que mi niñez se abrió como si dentro de mi mente hubiera existido una lata que hacen estallar desde adentro. Una revolución callada que movió mi conciencia como nada en mi vida.

La guerra / We will win
He pensado mucho tiempo en lo que representa Robotech como metáfora de la naturaleza guerrera del ser humano. La conclusión no es nada feliz. Si bien los seres humanos como especie logran sobrevivir a tres guerras de devastación, la humanidad como civilización paga un precio muy alto: la casi total destrucción de la Tierra a manos de extraterrestres no una sino dos veces: la primera a manos de los zentraedi y la segunda bajo el poder de los invid.

De una civilización que logra viajar a las estrellas, la población remanente del planeta (quizá un puñado de millones de personas en total) queda reducida a una civilización de chatarreros tan dañada que en algunas partes incluso la humanidad ha retrocedido hasta convertirse en una especie primitiva incapaz siquiera de recordar cómo funcionan el funciomaniento de construcciones como una presa.

Eso sin contar que a las tres guerras extraterrestres (contra los zentraedi, los maestros de la robotecnia y los invid) hay que agregar una guerra mundial previa (que aparece en Macross Zero) y una serie de levantamientos armados después de la primera guerra Robotech que terminaron de descarrilar el poder militar que pudieran haber acumulado los humanos en su existencia.

Para cuando Robotech concluye, queda claro que se ha generado un cisma en la humanidad: por un lado está la parte que salió rumbo al espacio exterior en misión de colonización y conquista, mientras que por otro lado quedan languideciendo en la Tierra los restos de una humanidad exahusta.

Una y otra vez emergen de la destrucción sociedades militarizadas y fanatizadas por el dominio de las armas, dirigidas por fanáticos incompetentes que pese a las evidencias terminan por decidirse por la fuerza bruta… con los nefastos resultados que ya se conocen. Irónicamente, lo que salva recurrentemente a la humanidad de su destrucción total son los sentimientos y el amor que nacen al amparo de la violencia del conflicto. El amor nos salva, pero no nos hace felices, lo cual me lleva al siguiente tema.

El amor que no conocimos / We never think before we light the fuse
Quizá la parte más delicada de la ecuación Robotech: el amor es un sentimiento delicioso pero que lleva sufrimientos sin final. Desde los célebres juegos amorosos de Minmei con Rick Hunter y Lisa Hayes, hasta el extrañísimo cariño entre Mint LaBelle y Lunk en la última serie de la saga. El amor es una desdicha no sólo porque ocurre en medio de la devastación de una guerra, sino porque el amor, como sucede en todo tiempo y lugar, requiere de una sincronía sentimental cuasi perfecta que, digámoslo con toda honestidad, ocurre muy pocas veces en el mundo real como lo decriben las películas. Irónicamente Robotech muestra desde las fronteras de la imaginación lo triste de la realidad del amor.

Y lo mejor (o peor) es que ni siquiera logrando el amor, este llega. En el fondo la desgracia entre Rick y Minmei radica en que ni siquiera logran la felicidad después de hacer realidad sus aspiraciones amatorias. Y en esto, damas y caballeros, está el asunto fundamental: no existen historias felices. Y cuando existen… no son fáciles. Y eso… es algo doloroso, no apto para niños y me atrevería que hasta cierto punto es inmoral: romper ilusiones cuando estas no han nacido, tal y como sucedió conmigo.

Más debrayes después del corte.

2 comments:

gaba de Dios said...

i love you!

gaba de Dios said...

estoy por hacer un video con look up, si te interesa nos conectamos y te lo mando, amo robotech, a yellow dancer, a mi mai, y a marleen, la psiquica.