Saturday, June 23, 2007

LA NECESIDAD DE LA LETRA

Han pasado muchos años ya desde que aprendí a descreer de la realidad. He aprendido que lo infinito puede durar lo mismo que una botella de cerveza. He aprendido que una moneda puede ser llave de lo sublime y balcón hacia los abismos.

También he aprendido que las letras son el mejor antídoto contra los males del mundo real. Que las letras ayudan a desdoblar la realidad y cual si fuera una hoja de papel, permiten doblar la identidad a placer.

Las letras son necesarias para vivir. Son el divertimento de la vida cotidiana. Las letras permiten extendidos ejercicios en el olvido de uno mismo. Las letras son deliciosas aunque sólo duren lo que el suspiro que las emite. Las letras. Dadme letras para poder darles orden arbitrario y colocarlas a mi placer y para mi placer. Dadme letras, vocales y consonantes, dádme letras iniciales, no mancilladas por acentos ni comas.

Amor de Joyce
James Joyce le escribió a su amada Nora Barnacle una serie de cartas a principios del siglo XIX. Primero en su carácter de amor prospectivo, luego en su etapa de amante huída con él desde Dublín hasta Suiza y finalmente como esposa, ciertamente rellena para mi gusto.

Pero el asunto es la abyección de las cartas. James (Jim, como en algunas de ellas firma) pide a su amada que lo azote, que lo trate como un niño malcriado, que le cumplan una serie de fantasías eróticas sonrojantes aún para nuestra época que no parece sorprenderse de nada y lo mejor de todo, la declaración incesante de su sumisión a ella, de su amor declinado e inclinado a cualquier cosa que ella le dijera.

No diré nada que ponga en entredicho al coloso que escribió Ulises. Pero pienso que Joyce tuvo suerte de encontrar una mujer que le cumpliera algunas fantasías pero que no lo llevara hacia los senderos de la abyección como lo hizo Bosie (Alfred Bruce Douglas) con Oscar Wilde.

Una mujer que de verdad le hubiera aplicado a Joyce lo que él pedía, seguramente lo hubiera clavado en una estaca, hubiera convertido su creatividad en brasero de sus pasiones y quizá hubiese terminado como esos personajes de películas gore japonesas, con los ojos vaciados y agujas clavadas por todos sus orificios.

Y aunque él mismo aclara que todas eran fantasías, siempre corrió el riesgo de que se las volvieran realidad.

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